
Que la vida os regale muchos libros, muchas rosas y muchas sonrisas!!!
De momento, trataré de recordar quién soy y lo guapa que estoy calladita. En realidad para eso ha vuelto la mosca, para que no se me olvide...

y Todai-ji, en el que se encuentra una estatua gigante del Buda Vairocana (según dicen, el Buda más grande - construido en bronce - del mundo);
el parque Nara-koen, donde hay más de 1000 ciervos campando a sus anchas; y el santuario sintoísta Kasuga.
En cuanto al Kasuga, quizás lo más destacable son los cerca de 3000 faroles de piedra que bordean el camino de acceso al santuario. Los encienden dos veces al año. Todo un espectáculo.



De vuelta en el ryokan, encontramos la habitación preparada: habían retirado la mesa y colocado el futón en el centro de la estancia.
Después de eso, la amarga despedida... Llegó la hora de volver a Kyoto.

Kinkakuji, conocido como el Pabellón Dorado por estar cubierto de pan de oro. Fue construido por un shogun, pero no para habitarlo sino para dedicarse a la meditación, a las artes y a los pequeños placeres de la vida (no era tonto el hombre). Una preciosidad.





En una de sus escapadas, Ricardo descubrió un pequeño cementerio, detrás de uno de los templos que visitamos. Él sabe que yo, cuando viajo, busco cementerios. A ver, normalmente no tengo un especial interés en visitarlos, pero cuando viajo a otro país, sobre todo si culturalmente es tan diferente al mío, me gusta ver alguno. No sé, mira, me interesa ver cómo un pueblo cuida de sus muertos. (podeis llamarme rarita, lo tengo asumido). 
Al día siguente, dimos un paseo por un mercado que montan junto al río, tipo los mercadillos de pueblo pero en japo. Me encantó. Allí compré una muñeca típica de aquella zona. La llaman Sarubobo y no tiene cara. (quién dijo frikis?)
Tras la visita y muertos de hambre, los colegas nos metimos a comer en un antro del que no esperábamos mucho, y sin embargo comimos de narices! (me gustan estas sorpresas)
Tras el almuerzo, nos llevaron a ver el lago Ashi, donde se supone que en días soleados puedes ver reflejada la imagen del Fuji... Pues va a ser que no.
Bueno, a lo que íbamos: el viaje de ida fue muuuy pesado: 14 horas de avión más las que se pierden en las salas de espera de los aeropuertos... 
Nikko era algo que nosotros no teníamos previsto, no porque no valiera la pena sino porque esa excursión nos robaba tiempo de ver más Tokyo... Pero finalmente nos apuntamos. Y menos mal que lo hicimos, porque es impresionante de verdad. Además de Parque Nacional, Nikko había sido un centro religioso budista sintoísta, con un conjunto de santuarios en plena naturaleza, que uno no puede perderse por nada del mundo. Cómo me alegro de que nos insistieran. Después de esta visita, ningún otro templo te parece tan hermoso. Es una maravilla. 
No soy una persona muy entendida en el tema, confieso, pero la música para mí es como la pintura, o me mueve las entrañas o no me las mueve. Lo que mi padre consiguió enseñarme es a escuchar la música, a sentirla, a tratar de ir más allá de las primeras notas. Y aunque nunca fui una alumna aventajada, algo me debió quedar de cada conversación que tuvimos sobre ópera, sobre Mozart... o sobre zarzuela (para él tan grande y tan clásica como cualquier otro género).
Hoy me apetece compartir una pieza que a mí personalmente me eriza la piel cada vez que la escucho. Es parte de un concierto para Oboe y su autor es Alessandro Marcello, veneciano y contemporáneo de Vivaldi.
La escuché por primera vez hace muchos años, en la banda sonora de una película, un clásico del cine romántico de los 70, Anónimo Veneciano. En el argumento, esta pieza era el "anónimo veneciano" que el prota, director de orquesta, ensayaba con sus alumnos. Tardé años en encontrarla y descubrir que en realidad no era anónima, sino que tenía nombre y apellidos. Y recuerdo también la emoción al encontrar el cd que la contenía...
Esta es una de esas joyas para escuchar con los ojos cerrados y el alma abierta.
Ese chico pasó a la historia, aunque por otros motivos... Pero la lección no se me olvidará nunca. Ni la sonrisa de aquella amiga cuando me hablaba. Ni lo dulce que me sonó esta canción aquella tarde.
Esto de las lecciones de vida, como a mí me gusta llamarlas, es como los medicamentos que tardan en hacer efecto... Igual no te das cuenta hasta pasado un tiempo, pero están ahí, haciendo su trabajo. Y de pronto un día, te encuentras mejor.
No hace mucho le recomendé a otra persona esta misma canción y fue por motivos parecidos. Espero que le sirviera como me sirvió a mí.